El graznido de una gaviota, o un ave similar, le sirvió a la la elfa Selindë de excusa para salir de su estado de profunda meditación. Escuchó los comentarios de los marineros y supo que sus sospechas eran ciertas, por fin llegaban a destino. Se incorporó, dobló cuidadosamente el manto sobre el que estaba meditando y comprobó el estado que su escaso equipaje.
Por su parte, los enanos Thëklâvo y Thëmêto, del clan de los Hastajârtar-mën, dormitaban ajenos a los movimientos de la elfa. El explorador Thëklâvo mantenía los ojos cerrados por culpa del mareo que intentaba disimular a toda costa, mientras que su hermano, el guerrero Thëmêto, estaba ebrio después de agotar las últimas reservas del barril de cerveza que habían cargado a bordo del barco.
Ambos abrieron los ojos cuando el vigía de la nave, el “Esturión IV”, gritó “tierra a la vista”. “Ya era hora” pensaron ambos enanos después de una semana y media de viaje. Cuando los dos salieron de la bodega a la cubierta del barco, una pequeña figura se adelantó pasando como una exhalación entre los dos.
Era Raglup Cito, un gnomo tan joven en edad como de pequeño tamaño. Se había pasado casi todo el viaje en una esquina de la bodega, dibujando o escribiendo algo en un pequeño libro. Se asomó ilusionado por la borda, pero lo único que avistó fue la espesa niebla que les había acompañado durante un día de viaje. Esa misma niebla que, sin saber porqué, le creaba desasosiego y desazón.
Aún así no se puso extremadamente nervioso, porque vio a los tripulantes del barco comportándose con total normalidad. Uno de ellos comentaba todo serio que Bruma les estaba siendo propicia.
―Debe ser un día excelente para pescar, menudas capturas debe estar haciendo mi hermano.
Justo en ese instante, cuando el explorador Thëklâvo se asomó por la borda, le pareció ver algo moverse entre las mansas aguas, un ser grande y alargado. Le fue imposible saber si había sido algo real o una mala pasada de aquella espesa niebla. El caso es que nadie más pareció verlo, y dado que no ocurrió nada, a los pocos minutos se olvidó del tema.
Pronto el Esturión IV se cruzó con algunas barcas de pesca, cuyos ocupantes saludaron de manera escueta a los tripulantes de la nave. Acto seguido hizo acto de presencia una tenue luz de lo que suponían que eran dos faros. Ambos parecían bastante alejados el uno de los otro, y cuando Raglup preguntó le contestaron que estaban situados a cada extremo de la bahía de Stregoror.
Ya no quedaba duda de que estaban llegando a la gran Isla de Bruma. En cuanto atravesaron la invisible linea que unía ambos faros, supieron que ya no estaban en mar abierto, cosa que calmó los ánimos del gnomo. Pero la niebla no desapareció, ni parecía que tuviera intención de hacerlo. Supuso que ese era el origen de las Islas de Bruma, la espesa niebla que las cubría, según le habían comentado, gran parte del año.
Era casi mediodía cuando el barco llegó sano y salvo al bullicioso puerto de Stregoror. Allí dentro, en la ciudad, la niebla se levantaba levemente, como si pretendiera que los recién llegados admiraran su arquitectura. No es que fuera nada especial, pero era un claro ejemplo de la sencillez, austeridad y robustez isleñas.
La capital de las Islas hervía de actividad y se podían ver farolillos, flores y puestos de mercaderes ambulantes por doquier. Cuando los extranjeros desembarcaron, los expertos marineros isleños de su barco les comentaron que habían llegado a tiempo para ver comenzar el Festival de Bruma.
―Debéis sentiros afortunados ―decía el más mayor de todos.
Posteriormente se despidieron de los forasteros de manera rápida y sin mucha efusividad, no porque les cayeran mal, sino porque aquella era la manera habitual de actuar de los isleños. Durante el viaje, tanto la elfa, como el gnomo, como los dos enanos, ya se habían acostumbrado a que fueran así con ellos.
Cuando el último de los forasteros puso un pie sobre el empedrado del puerto, el mismo marinero de antes se giró hacia ellos señalando con su pipa tierra adentro.
―Si venís a por trabajo, debéis ir a la Concha Dorada. Decidle a Helka que os trate bien. Allí descansaréis, y también es a dónde van a buscar a los aventureros cuando llegan.
Acto seguido se dio la vuelta para evitar preguntas, pero Raglup Cito se hizo escuchar por encima del ruido del puerto.
―¿Qué es el Festival de Bruma?
A pesar de que no quería, el marinero contestó.
―¿Pues qué va a ser, niño? Es la festividad de nuestra deidad, Bruma.
―¿Qué puede decirme sobre ella? ―insistió el gnomo con una gran sonrisa.
Pero ya no consiguió que el veterano tripulante volviera a contestar, aquella era la máxima hospitalidad isleña que iba a conseguir, a pesar de su encanto natural.
―A mí también me interesaría saberlo ―dijo Selindë.
El gnomo se hinchó de orgullo justo antes de comenzar a hablar de nuevo.
―Le he preguntado por cierta cortesía, y para ver si me contaba algo que no supiera, pero he estudiado sobre la religión isleña antes de este viaje.
Ambos hermanos enanos pusieron cara de importarles lo mismo que el agua en una fiesta, pero escucharon mientras cargaban su equipaje.
―Bruma es la deidad de estos isleños, exclusiva de estas septentrionales tierras. Es una deidad de carácter bondadoso y, por lo que he visto hasta ahora, cualquier cosa que tenga que ver con la espesa niebla tan típica de esta geografía, es un buen presagio. Bruma premia el trabajo duro, la austeridad, el respeto por la tierra, las tradiciones y la familia. Y no sé mucho más, y supongo que el Festival es la festividad isleña que coincide con la primavera, aunque en los libros que he consultado se especificaba que son los druidas de la isla quiénes deciden la fecha exacta.
La elfa pareció conforme con la explicación y cogió su humilde petate, dispuesta a empezar su camino como monje. Raglup por su parte se cargó a la espalda una pesada mochila que amenazaba con tirarlo hacia atrás a cada paso que daba.
Cuando apenas se había movido ninguno de ellos, un jovencísimo enano abordó a sus dos compatriotas. Parecía tan exaltado como alterado y hablaba extremadamente rápido y con un tono de voz tan agudo como impropio de los de su raza.
―¡Bienvenidos a Stregoror, nobles y bienaventurados hermanos! No se ve a menudo enanos de tan noble porte aquí en estas tierras. Seguro que sois valerosos aventureros que han venido en busca de fortuna. ¡Vaya! Lleváis una esclava elfa y un niño… ¿humano?
―No soy una esclava, soy una monje ―intervino Selindë para mostrarse ofendida por el malentendido―. Mi gente me ha entrenado durante más de un siglo para convertir mi cuerpo en un arma mortal.
―¡Y yo no soy un niño! ¡Soy joven, pero soy un gnomo!
―Es que nunca he visto un gnomo ―se excusó el enano―. Ni tampoco ninguna elfa, ¿monje? ¿Eso es posible? Creía que todas las elfas eran esclavas. O sea no es que esté diciendo que esté a favor de la esclavitud, al contrario, menuda tradición más desagradable. Y el Imperio Ziraniano no permite tales cosas ya en su territorio, pero de vez en cuando aún se ve alguna elfa esclava. No entiendo para qué las quieren, deben de servir muy bien la bebida y eso.
―¿Querías algo? ―preguntó Thëmêto con cara de pocos amigos.
―Me llamo Trontos y aparte de daros la bienvenida, vengo a deciros que en cuanto hayáis descansado del viaje y os hayáis aposentado, tenéis que visitar la Fragua de Hierro Frío. Es la mejor armería de la ciudad, regentada por mi tío Trentos, el mejor herrero de toda la Isla.
―Si hubieras nacido en mi clan ―dijo de repente Thëklâvo―, creo que ya te habrían dado una paliza… tras otra…
―¿Y qué clan es ese?
―Hastajârtar-mën.
El joven enano se quedó unos segundos en silencio, pero no aterrorizado, sino más bien parecía estar decidiendo si el el aventurero hablaba en serio o estaba bromeando.
―Bueno, da igual ―arrancó de nuevo con una sonrisa―. Vosotros no os olvidéis. ¡La Fragua de Hierro Frío os espera!
Y se alejó calle abajo al tiempo que buscaba nuevos clientes potenciales a los que dar la brasa.
Los dos hermanos hicieron un esfuerzo por olvidarse de aquel enano tan atípico y se dispusieron a caminar decididos. Se sentían agotados, no tan solo físicamente, sino también mentalmente, a causa del viaje por mar. En ningún caso estaban acostumbrados a semejante travesías por agua. Ellos eran aguerridos enanos, amantes de la tierra y la roca, tal como era su hogar natal. Estaban deseando darse un baño, lavar sus mudas, comer algo caliente y sabroso, y dormir en una cama que no se moviera.
La elfa, al suponer las intenciones de los enanos, decidió dirigirse a ellos con un tono de voz tranquilo y parsimonioso, como era habitual en ella.
―Disculpad, dado que hemos compartido tan largo viaje hasta tan lejanas tierras, me preguntaba si también podríamos compartir gastos de alojamiento.
―¡Ah! ―exclamó el gnomo a la vez que sonreía―. Yo daba por hecho que iríamos juntos.
Ambos hermanos se miraron durante apenas un segundo y supieron de inmediato lo que pensaban mútuamente.
―¡Por supuesto! ―dijo Thëklâvo―. Nos encantará contar con vuestra presencia todo el tiempo que podamos. Al fin y al cabo supongo que habéis venido aquí por el mismo motivo que nosotros.
Todos recordaron en sus cabezas el mensaje que los había llevado hasta allí, la petición del Duque Rhagar-An-Legard, el Gobernador de las Islas.
“Se solicitan héroes y aventureros, diestros en diversas artes, para solucionar los problemas locales que afligen las Islas de Bruma. A cambio se ofrecen cuantiosas y generosas recompensas, con el beneplácito del Emperador.”Fecha de publicación: 14/02/16
Capítulo 1.2:
El Consejero
Una gota de tinta amenazó con arruinar el documento, así que el Consejero acercó la punta de la pluma de cisne al tintero para retirar el exceso. Solo entonces Jerome Gilean plasmó su firma como principal Consejero del Gobernador de las Islas de Bruma.
Llevaba un buen rato leyendo y firmando documentos, la gran mayoría de poco interés para él. Jerome era un hombre de casi cincuenta años, bastante alto, de porte noble y elegante y que se mantenía atractivo para un hombre de su edad. “Quién tuvo retuvo”, solía decir. Aún conservaba una excelente y espesa cabellera, aunque ya era de un color grisáceo, y su perfecta sonrisa le conferían una especial carisma muy útil para su cargo. Sin duda alguna era el típico Ziraniano de pura sangre.
Mientras leía el siguiente bloque de cartas, se sintió algo cansado ya de todo aquello. No pudo evitar recordar que ya llevaba diez años en el cargo, como Consejero del Gobernador Rhagar-An-Legard.
Diez años habían pasado desde que el Imperio de la Gran Zirania lograra conquistar aquellas salvajes y legendarias islas, por orden del Emperador Shegor-An-Derin. Afortunadamente fue una guerra corta y una conquista rápida, pero no creían que diez años más tarde seguirían estando allí.
Cuando el Emperador anexaba un nuevo territorio a su basto Imperio siempre tenía que decidir quién iba a Gobernarlo en su nombre. En algunos casos, sobretodo en aquellos en los que te el territorio había sido anexado de manera diplomática y pacífica, elegía como Gobernador a alguien autóctono. Pero cuando la anexión se hacía por la fuerza, solía elegir como Gobernador a un Ziraniano auténtico.
Porque, a pesar de que la propaganda imperial decía que todos los ciudadanos del Imperio eran Ziranianos, a efectos prácticos los considerados ciudadanos Ziranianos eran los nacidos en la región de Zirania original. Aquellos originarios de territorios anexados siempre serían considerados ciudadanos de segunda categoría.
Así pues, las Islas de Bruma estaban Gobernadas por un Ziraniano porque su antiguo Rey, Humbert Urlvan, no aceptó la rendición y tuvo que ser destituido por la fuerza. Aunque Jerome era de la opinión de que aquellas Islas estaban preparadas para ser autogobernables, tenía que reconocer que poner a un Gobernador autóctono antes de solucionar los problemas de las mismas, podía debilitar la figura del Emperador.
El Emperador tenía que mantenerse fuerte y coherente con sus decisiones. Y si había puesto unas condiciones para sustituir a Rhagar-An-Legard por un Gobernador autóctono, debía de mantenerse firme y no ceder hasta que se hubieran cumplido dichas condiciones.
De todas maneras, candidatos a ser Gobernador no faltaban. Desde los más obvios, como el Barón Trefor Urgan, primo del antiguo Rey, pero uno de los que lo traicionaron y facilitaron su captura. O por ejemplo el Conde Javan Drogor, rival natural del anterior monarca. O los menos obvios, pero no del todo descartables: el Barón Brand Porgan, el Barón Bromm Helan, la Baronesa Lara Crevan y el Barón Elroy Dervant.
Si los problemas de las Islas se hubieran solucionado y los Humberts hubieran sido erradicados totalmente, Jerome estaba seguro que el Emperador ya habría ordenado el regreso del Duque Rhagar-An-Legard a Zira, a la Corte, al centro neurálgico del Imperio de la Gran Zirania, previo nombramiento de un nuevo Gobernador de entre los candidatos isleños.
Andaba en aquellas elucubraciones cuando uno de sus más fieles ayudantes entró en su despacho.
―Señor, con permiso.
―Adelante, Doronan, interrúmpeme, sálvame de este aburrido trabajo.
El ayudante, a pesar de los años que llevaba trabajando para Jerome, seguía sin saber cuándo bromeaba o hablaba en serio.
―Mi señor, traigo noticias del puerto ―esperó a que su jefe le indicara con un ademán que podía continuar―. El Esturión IV ha atracado, ha traído consigo a algunos héroes desde el continente. Son el segundo grupo en dos días.
―¿Alguien prometedor? ―preguntó el Consejero intrigado.
―Nadie de renombre o famoso. Dos enanos, una elfa y un gnomo.
―¿Ni un solo humano? ―Jerome encontró la situación extremadamente divertida, puesto que los isleños eran un tanto desconfiados con las razas no humanas.
―No, ni un solo humano ―corroboró Doronan―. Los enanos son del clan Hastajârtar-mën; lo poco que sé es que provienen de la gran Cordillera de Hermenëro, y que parecen diestros en combate. La elfa parece una especie de ermitaña, de pobres posesiones, y se desconoce de dónde viene. En cuanto al gnomo parece artesano o inventor, y tampoco se sabe de dónde viene.
―Estás perdiendo facultades, Doronan ―le reprochó Jerome―. Voy a empezar a pensar que ya no te tomas en serio tu trabajo.
―Lo siento, mi señor ―se disculpó el ayudante bajando la cabeza.
―Si los enanos son del clan Hastajârtar-mën, efectivamente vienen de la Cordillera de Hermenëro, donde tienen su hogar natural. Seguro que pronto querrán visitar a sus congéneres de las minas de Wrenton o de Utiko. En cuanto a la elfa dudo mucho que sea una ermitaña o una mendiga, pero si viste de manera humilde… ¿Lleva el pelo corto? ―preguntó con curiosidad.
―Sí, lo lleva corto al estilo chico.
―Entonces es una monje, una artista marcial ―sentenció―. Existe una orden de elfas guerreras en los Antiguos Bosques de Fallön, son las Shivariel. Si es así, también será alguien a tener en cuenta.
―¿Y el gnomo? Ese no parece gran cosa.
―¿Acaso no te he enseñado nada en todos estos años? ―volvió a reprocharle el consejero―. Nunca subestimes a nadie por su tamaño, o porque parezca inofensivo. Esos suelen ser los más peligrosos…
Se quedó callado durante unos instantes.
―Prepara un grupo de guardias, quiero verlos personalmente.
Capítulo 1.3:
La Concha Dorada
Exteriormente, la posada ya dejaba claro que aquella era el mejor local de hospedaje de toda la ciudad. Instalada en el mismo puerto de Stregoror su cartel no dejaba lugar a dudas sobre el nombre de la misma; una concha abierta de color dorado estaba tallada en relieve sobre un cartel de madera.
A pesar de la temprana hora, el bullicio que se escuchaba nada más entrar, también dejaba claro que era un local tan famoso como les habían dicho. Algunos bebían en el exterior, otros se agolpaban en las mesas que había repartidas en la sala principal, ya fuera bebiendo o jugando, o ambas cosas a la vez.
Algunas miradas curiosas se giraron hacia los dos enanos, la elfa y el gnomo cuando entraron, aunque tampoco notaron un especial interés en ellos. Los cuatro se dirigieron directos a la barra en busca del dueño, encontrando una oronda y veterana mujer fregando jarras.
―Buenos días, buscamos a Helka ―dijo Thëmêto―. Acabamos de llegar a puerto en el Esturión IV y nos han dicho que preguntemos por él.
―Pues ya me has encontrado, guapetón ―contestó la gran mujer―. Yo soy Helka. Bienvenidos a mi humilde negocio. Bueno, mío y de mis nueve hijos. ¿Qué es lo que desean exactamente?
―Buscamos alojamiento, asearnos, comer y descansar.
―Y me imagino que beber, también ―sonrió la posadera―. No he conocido enano que no guste de beber. Y tampoco he conocido enano que no guste de la buena compañía que ello supone.
―Pues sí, nos gustaría disfrutar de todo ello ―corroboró el guerrero enano, bajando posteriormente la voz a la vez que se subía levemente a la barra―. En cuanto a lo de la compañía, luego hablamos, si es que no hay señor Helka.
Thëklâvo no pudo evitar hacer una muesca de asco ante tal proposición, aunque tampoco se extrañó por los excéntricos gustos de su hermano; estaba más que acostumbrado a ellos.
―¡Claro que no! Soy una mujer isleña, a mí no hay varón que pueda atarme ―acto seguido se giró hacia uno de sus hijos―. Rollo, atiende a los viajeros, que no les falte de nada.
El resto de la mañana pudieron dedicarla a asearse, descansar y a comer y a beber como viajeros cansados que eran. Aunque en este último aspecto, eran los dos enanos lo que iban a la zaga el uno del otro, porque la elfa y el gnomo eran bastante más discretos. Los dos enanos bebían y comían como si se estuvieran preparando para un largo período de invernación.
Aunque lo hacían porque ya estaban acostumbrados a viajar, a estar largos períodos fuera de casa. “Nunca sabes cuál será tu última comida, no hay que arrepentirse de no haber quedado saciado”, solía decir Thëklâvo. Y “nunca sabes cuál será tu última jarra, no hay que arrepentirse de no habérsela acabado”, solía añadir Thëmêto a continuación.
Por la posada no paraba de pasar gente, y bien entrada la tarde la afluencia de clientes se masificó aún más. Los dos enanos, la elfa y el gnomo no eran el único grupo de aventureros que había alojado allí. Había al menos otros dos grupos a la espera de conseguir algún trabajo que les motivara lo suficiente como para abandonar los dedicados cuidados de Helka.
Una de las veces que abrieron las puertas, al contrario que en otras ocasiones, sí que se hizo un tenso silencio en la sala principal. Aquello puso en alerta al grupo protagonista, los cuales giraron la vista hacia la entrada, como habían hecho el resto de clientes. Un grupo de guardias entró con paso tranquilo y a los pocos segundos, entró también un hombre de mediana edad de porte noble y ropas elegantes, acompañado de otro hombre un tanto más joven, vestido de manera ligeramente más humilde.
El grupo de guardias estaba comandado por un Capitán, el cual nada más entrar usó su potente voz para presentar al recién llegado.
―¡Atención! ¡Paso al Consejero del Gobernador, Jerome Gilean!
Algunos de los agolpados clientes se hicieron a un lado para dejar pasar parte de la comitiva, siempre encabezada por dos de los guardias. El noble se acercó a un pequeño escenario que había en un extremo de la sala y se subió. Los protagonistas pudieron ver que Jerome era un atractivo varón que rondaba la cincuentena, que emanaba una presencia dotada de seguridad. Tenía una espesa cabellera de color gris, que llevaba largo y peinado hacia atrás hasta casi los hombros. También tenía unos profundos ojos de color oscuro, maquillados con sombra de ojos también oscura, al estilo Ziraniano.
La Concha Dorada se mantuvo en un estricto silencio hasta que el Goberandor inició su exposición.
―Bienvenidos a todos los aventureros que se hayan en esta humilde posada. Como bien sabéis hablo en nombre del Duque Rhagar-An-Legard, el cual a su vez gobierna estas islas en nombre del gran y sabio Emperador Shegor-An-Derin. Vuestra misión, si desean buscar fortunas en estas prósperas tierras, será completar cualesquiera de las tareas que el Duque requiere para dotar de paz y estabilidad a esta región.
―¿Y para eso tienen que recurrir a extranjeros? ―le interrumpió de repente un veterano autóctono ante la sorpresa de los presentes―. Aquí tenemos problemas isleños, así que deberíamos resolverlo nosotros. No los extranjeros.
―Han tenido diez años para resolverlos ―contestó el consejero con una serena sonrisa dibujada en el rostro―. El Duque ha entendido que es tiempo suficiente, y ha decidido ofrecer estas tareas a otras personas, para ver si las resuelven. O quizá les sirva de motivación.
―¡El Rey jamás habría contratado a extranjeros!
El Capitán de la guardia dio un paso al frente al entender que aquella habría sido una afrenta, pero un sutil gesto del Consejero le frenó. El veterano y dos amigos suyos se dieron media vuelta y salieron de la posada mientras murmuraban. Jerome hizo como si los comentarios no fueran con él y siguió hablando.
―Continuemos con los problemas que aquejan estas bellas tierras. Por un lado tenemos una preocupante proliferación de bandas de ladrones y bandidos. Desde los más exasperantes ladrones que operan en el interior de las ciudades, hasta los más temibles bandidos que asaltan caminos por toda la Isla. Por otra parte la rebelión de los Humberts provoca cada día más muertos, y ya sería hora de ir llevando a los culpables ante la justicia. Tampoco hay que olvidar que en el Gran Bosque del Oeste cada vez hay más cazadores y granjeros desaparecidos; sería interesante resolver el misterio de una vez por todas. Y para terminar, aunque no por ello menos importante, en las minas de Utiko y Wrenton se están registrando bastantes desaparecidos también, haciendo que cada vez sea más difícil encontrar mano de obra cualificada.
El Consejero realizó una medida pausa para comprobar las reacciones de los asistentes y de paso calibrar a los diferentes aventureros que había repartidos por la sala, mezclados entre los lugareños.
―No ha mencionado nada de las recompensas ―intervino de repente Raglup Cito―. ¿Y cómo se cobrarán?
Jerome se quedó mirando fijamente al que acababa de hablar y se sorprendió de su pequeño tamaño, no se levantaba ni un metro del suelo. Aunque lo intentó, no logró descubrir el oficio del gnomo.
―¡Niño, deja hablar a los mayores! ―se oyó desde el fondo de la sala justo antes de unas risas.
El gnomo no se inmutó ni aparentó haber sido ofendido, siguió sonriendo al Consejero a la espera de una respuesta. Jerome por su parte no se hizo esperar.
―Cada vez que lleven a cabo una hazaña de la cual crean merecer una recompensa, informarán de ello al Comandante de la Guardia, que será el encargado de investigar si los hechos son ciertos. Para ello podrán ayudarse de las pruebas que puedan o desean, incluidos testigos. Si el Comandante resuelve que efectivamente se ha completado la hazaña, procederá a informarme a mí, que seré quién autorice y decida qué recompensa debe darse para cada caso. Puedo asegurarles que las recompensas serán generosas y cuantiosas. Y que si resuelven alguna de las más importante, como por ejemplo acabar con los Humberts, acabarán siendo extremadamente ricos.
Los grupos de aventureros comentaron entre ellos las condiciones, lo que provocó un ininteligible rumor que se extendió por toda la sala.
―Te olvidas de los muertos, los muertos se levantan ―dijo de repente un anciano.
Aquello provocó una buena dosis de risas en la sala.
―Tú qué sabrás viejo, como aquella vez que viste un dragón ―dijo otro isleño.
Aunque pronto quedó demostrado que no era un intento de desacreditar al viejo, sino de provocarlo, porque acto y seguido éste se infló.
―¿Que qué sabré yo? ―exclamó el anciano―. Te puedo asegurar que lo de los muertos es cierto, y lo del dragón también. ¡Ya lo creo que sí!
Uno de los guardias se acercó al anciano y lo cogió del brazo, arrastrándolo hacia la salida sin mucha resistencia. Thëmêto sacó rápidamente una moneda de oro del bolsillo y se la dio al gnomo, al que le habló en voz baja.
―Averigua de lo que está hablando, que no te vean.
Raglup obedeció sin pestañear y se escurrió hacia el exterior del local a la vez que sacaban también al anciano. Ningún guardia se percató de nada.
Una vez fuera el gnomo se acercó al anciano, el cual parecía algo desorientado después de que le sacaran de la posada. Miró a lado y lado de la calle, antes de decidir que dirección tomar.
―Un momentito ―le alcanzó Raglup―. Me gustaría preguntarle por eso de los muertos.
―Esas historias no son para niños.
―¡Qué pesados que son en esta ciudad! ¿Es que nunca han visto un gnomo?
―¿Qué es un gnomo? ¿Algo parecido a un duende? ―preguntó el anciano.
―Sí, sí, algo parecido ―se rindió Raglup―. Los muertos que levantan, ¿qué sabe de eso?
―Me lo contó un primo mío que vive en Oripon. Allí están aterrados porque los muertos se están levantando de sus tumbas.
―Ajá, ya veo que no tiene mucha información. ¿Y eso del dragón? ¿Usted ha visto un dragón?
―Por supuesto, cuando era joven ―aseveró el anciano―. No tendría muchos más años que tú, pero me acuerdo como si fuera ayer, porque lo vi con mis propios ojos. Era grande, blanco, terrorífico…
―¿Dónde lo vio?
―En las Montañas de Pernos, por encima de la bruma.
Raglup, aunque no pudo discernir si el anciano decía la verdad o todo era producto de una demencia, dio por buenas las explicaciones y le dio la pieza de oro, a pesar de que consideraba que aquello había sido tirar el dinero.
Cuando regresó a la posada el Consejero ya la abandonaba, acompañado de su séquito. Raglup les explicó a sus compañeros lo que había averiguado, aunque el tema de los muertos no pareció entusiasmarles mucho. Por su parte Selindë sí que se mostró muy interesada en lo del dragón, aunque el gnomo no pudo facilitarle mucha información.
―A mí me perdonaréis, pero si hay enanos en peligro, Thëklâvo y yo nos dirigiremos a una de las minas ―dijo Thëmêto.
La elfa y el gnomo asintieron con la cabeza, demostrando que tampoco tenían nada mejor que hacer. Además ambos comenzaban a encontrar agradable la compañía de los dos enanos, sobretodos rodeados de tantos humanos que demostraban que tenía dificultades para tratar con no humanos.
―¡Pero si estáis aquí!
El mismo y joven enano que les había abordado en el puerto se avalanzó sobre la mesa en la que estaban sentados.
―¡Os estaba buscando! Tengo para vosotros mapas de las Islas, a muy buen precio, y muy detallados.
―¿Por qué eres tan pesado? ―preguntó Thëmêto con cara de pocos amigos.
―¿Ya habéis pasado por la tienda de mi tío? Aprovechad, que aún está abierta.
Cuando Thëmêto estaba a punto de soltarle otra fresca, al tiempo que se levantaba de la mesa, notó como su hermano le sujetaba el brazo.
―Espera, quizá tampoco sea tan mala idea. Queremos investigar enanos desaparecidos de una mina, ¿no? Quizá valga la pena hablar con ese herrero, Trentos.
―Tienes suerte de que mi hermano sea más listo que yo, ahora piérdete ―le espetó el guerrero.
―Espera, espera ―intervino Raglup―. ¿A cuánto el mapa?
―Jo, hoy es mi día de suerte ―sentenció el joven enano Trontos.
Fecha de publicación 01/03/16
Capítulo 1.4:
La Fragua de Hierro Frío
El afamado armero enano Trentos decidió cerrar su negocio al descubrir la hora que era. Había sido un mal día y ya no tenía esperanzas de que el asunto mejorase próximamente. En cuanto salió y descubrió que el sol se estaba retirando, no pudo evitar lanzar un sonoro suspiro. “Otro día perdido”.
Maldijo su suerte y cerró la puerta del local, para acto seguido sacar un manojo de llaves del zurrón que llevaba colgado. Una voz infantil le obligó a girarse.
―¿Veis? Os dije que era muy tarde, ya está cerrando.
Había hablado un humanoide que medía menos de un metro y que, por sus rasgos, identificó como un gnomo. Éste iba acompañado por dos aguerridos enanos y una elfa. Sus dos congéneres portaban armas e iban ataviados con cota de escamas, lo que le hizo suponer que eran enanos de acción. La elfa era bastante alta e iba vestida con discretos y sencillos ropajes que no ocultaban su belleza.
Al ver que se dirigían hacia el local dio un respingo y volvió a girar la llave parar abrir de nuevo la puerta.
―Disculpe ―dijo un enano con un gran arco a la espalda―, buscamos a Trentos. Buscamos la Fragua de Hierro Frío.
―Sí, sí… ¡Es aquí!
―Si está cerrado podemos venir mañana ―repitió el mismo enano.
―¡No, no! ¡En absoluto! Pasen, pasen, por favor. Bienvenidos a la mejor armería de todo Stregoror.
El enano abrió la puerta y encendió un par de lámparas de aceite para que la falta de luz no fuera un problema. Los visitantes se pusieron a mirar las armas que el enano tenía expuestas, a la venta. Aunque el gnomo se fue con curiosidad a una esquina del local, dónde lo que había era cerraduras y engranajes.
―¿Buscan alguna cosa en concreto? ―preguntó el enano pasados unos pocos minutos.
―La verdad es que vamos armados, pero nos encantaría hacernos con armas mejores ―dijo el enano del arco.
―Pues este sería el sitio indicado, puesto que soy el mejor armero de todo Stregoror ―contestó orgulloso el herrero―. Mi nombre es Trentos y soy el único armero de las islas que forja armas de Hierro Frío.
―Hemos oído alguna vez hablar de dicho mineral, pero no conocemos todas sus cualidades ―aclaró el otro enano que parecía un guerrero.
―Aparte de ser armas de gran calidad, se dice que es útil contra seres de naturaleza… oscura.
―O sea, que contra muertos vivientes va de lujo― replanteó la pregunta el mismo enano.
―Yo estoy buscando un arco ―dijo la elfa―. Lo quiero largo y compuesto.
―Claro, tengo arcos largos compuestos, como el de su compañero ―aclaró el armero señalando a Thëklâvo―. Afortunadamente tengo existencias, su precio ronda las cien piezas de oro.
―Uff, es demasiado caro para mí ―suspiró la elfa―. Yo también se forjar armas sencillas, si quiere puedo echarle una mano y pagarle con mis servicios.
―Por lo que veo es usted monje, y veo que lleva un par de armas bastante exóticas, la verdad. Desgraciadamente no creo que pudiera vender ese tipo de armas por aquí. Además, con mi sobrino ya tengo toda la ayuda que puedo necesitar.
―¿Y las armas de Hierro Frío? No las veo ―preguntó el enano del arco a la espalda.
―Es que desgraciadamente ahora no tengo ninguna de muestra ―reconoció el armero―. Ando algo corto de suministros. He perdido los últimos dos suministros.
Los dos enanos se miraron con curiosidad y decidieron tantear a Trentos.
―¿A qué se refiere con que ha perdido los suministros?
―A mí me suministran las dos minas más importantes de la Isla, Wrenton y Utiko. Pero los dos últimos envíos de suministros no han llegado a destino. Creo que alguna banda de ladrones está robándome deliberadamente. El Hierro Frío es caro y otros armeros no se pueden permitir pagarlo, seguramente lo habrán vendido en el mercado negro. Ya le he informado de los hechos al Barón local para que lo investigue, pero no tengo muchas esperanzas de que lo haga próximamente. Al fin y al cabo solo soy un enano que le hace la competencia a sus compatriotas.
Los dos enanos se miraron de nuevo y sonrieron.
―¿Y si nosotros solucionamos su problema? ―preguntó de nuevo el del arco―. Disculpe, creo que no nos hemos presentado. Yo soy Thëklâvo, y este es mi hermano Thëmêto, del clan Hastajârtar-mën. La elfa efectivamente es una monje, se llama Selindë. Y el curioso gnomo se llama Raglup Cito.
―Pues es un placer, por supuesto. ¿Y son alguna especie de aventureros?
―Por supuesto, hemos venido a la isla para labrarnos un nombre y para ayudar a nuestros hermanos enanos.
―Ahora que lo dice, había oído antes el clan de Hastajârtar-mën, no es un nombre que se olvide fácilmente.
―¿Ah, si? ¿Recuerda dónde?
―Creo que fue hace cosa de un año o así. Entró un joven enano a esta tienda y no recuerdo el nombre, pero me dijo que era de su clan.
―¿Recuerda a dónde fue? ―preguntó Thëklâvo.
―Creo que tenía intención de trabajar en las minas. ¡Sí, dijo que era minero! Pero no recuerdo si decidió ir a Wrenton o a Utiko.
Aunque no era mucha información, fue suficiente para la elfa y el gnomo como para suponer que los dos enanos andaban buscando algo más en las islas que buscar fortuna.
―Gracias por la información. Ahora hablemos de su problema con los suministros ―dijo Thëmêto―. Nosotros aplastaremos unos cuantos cráneos por usted y averiguaremos quién le está robando.
―¡Perfecto! Vengan mañana y les contaré los detalles. Si consiguen resolverme este problema les pagaré gustosamente, en especias si es preciso.
―¿Armas de Hierro Frío? ―preguntó Thëmêto―. Sí, somos unos especialistas aplastando cráneos. ¿Verdad hermano?
―Ya lo creo…
Fecha de publicación 07/03/16
No hay comentarios:
Publicar un comentario